Distintas generaciones, un mismo equipo: el valor de aprender unos de otros

Profesionales de distintas edades conversando y compartiendo ideas en una oficina.

En una misma empresa pueden coincidir personas que están empezando a encontrar su sitio en el mundo laboral con otras que acumulan décadas de experiencia. Algunas han crecido con un smartphone en la mano; otras han tenido que adaptarse a cambios tecnológicos y nuevas formas de trabajar a lo largo de toda su trayectoria.

Es lógico que no siempre vean las cosas de la misma manera. Y precisamente ahí puede estar una de las grandes oportunidades de un equipo: aprovechar lo que cada persona sabe, las experiencias que aporta y las distintas formas de enfrentarse a un mismo problema.

No todos sabemos lo mismo, y eso es una buena noticia

En el trabajo tenemos cierta tendencia a pensar que nuestra manera de hacer las cosas es la más lógica. Hasta que llega alguien y nos demuestra que hay otra forma. A veces, una persona recién incorporada cuestiona una costumbre que nadie se había planteado cambiar en años. Otras veces, la experiencia de un compañero evita que el equipo tropiece con una piedra que ya conoce de sobra.

No es una cuestión de edad, sino de perspectiva. Hay cosas que aprendemos con los años y otras que descubrimos porque alguien se atreve a probar algo distinto. Y ninguna de las dos formas de aprender vale menos.

La oportunidad está en mezclar esas maneras de hacer las cosas. En preguntar a quien lleva más tiempo cómo resolvería una situación, pero también en escuchar a quien acaba de llegar y todavía no da por hecho que las cosas tengan que hacerse como siempre. A veces, una buena idea nace precisamente de esa diferencia.

Aprender de los demás empieza por abrirse a otras perspectivas

A veces no preguntamos porque nos da apuro, porque pensamos que deberíamos saber resolverlo solos o porque no queremos molestar a un compañero que parece estar hasta arriba de trabajo. Otras veces tenemos una idea, pero preferimos no decirla por miedo a que nos lleven la contraria o a que parezca una tontería.

Sin darnos cuenta, dejamos pasar oportunidades para aprender y compartir lo que sabemos. Por eso, una de las claves para aprovechar las distintas perspectivas dentro de un equipo es crear un ambiente de confianza, en el que nadie sienta que preguntar le hace parecer menos preparado ni que proponer algo diferente va a jugar en su contra.

¿Y cómo se consigue? Hay pequeños hábitos que pueden marcar la diferencia:

  • Compartir cómo hacemos las cosas y por qué. Explicar a un compañero cómo resolvemos una tarea, qué nos ha funcionado o qué errores hemos cometido puede ahorrarle tiempo y ayudarle a encontrar otra forma de hacerla. Además, al explicar nuestro propio método, a veces descubrimos que también podemos mejorarlo.
  • Atreverse a cuestionar lo establecido. Que algo se haya hecho siempre de la misma manera no significa que no pueda hacerse mejor. Escuchar una propuesta diferente, analizarla sin prejuicios y estar dispuestos a cambiar de opinión permite encontrar soluciones que quizá no habríamos considerado por nuestra cuenta.
  • Compartir el conocimiento. Cuando una persona concentra toda la información sobre un proceso, una herramienta o una tarea, el resto del equipo pierde la oportunidad de aprender. Documentar lo que sabemos y dedicar tiempo a explicárselo a los demás ayuda a que el conocimiento circule y no dependa de una sola persona.
  • Conocerse más allá del trabajo. Las conversaciones entre compañeros no tienen por qué limitarse a reuniones, tareas pendientes y objetivos. Hablar de intereses, experiencias, aficiones o inquietudes personales también permite descubrir habilidades, formas de pensar y puntos en común que desconocíamos. A veces, una conversación informal nos enseña tanto de alguien como meses de trabajo a su lado.

Al final, se trata de generar confianza, mantener la curiosidad y entender que nadie tiene que saberlo todo. Preguntar no nos hace menos capaces, escuchar no significa estar siempre de acuerdo y cambiar de opinión no es una derrota. Son formas de aprender y de mejorar, tanto individualmente como en equipo.

Cada persona tiene algo que aportar

Nuestra manera de trabajar no se explica únicamente por los años que llevamos en el mercado laboral. También influyen la educación que hemos recibido, las oportunidades que hemos encontrado, los entornos en los que nos hemos desarrollado y nuestros propios intereses. Todo ello va moldeando nuestras capacidades, nuestras prioridades y la forma en que afrontamos los retos.

Por eso, no hay una única manera de destacar profesionalmente. Algunas personas tienen facilidad para encontrar soluciones creativas; otras saben anticiparse a los problemas, conectar con los demás o mantener la perspectiva en situaciones difíciles. Estas capacidades no vienen determinadas por una generación concreta, y muchas veces descubrimos el valor de alguien precisamente cuando tenemos la oportunidad de trabajar con esa persona.

Para las empresas, conocer qué motiva a sus profesionales, cuáles son sus fortalezas y hacia dónde quieren avanzar permite construir equipos que aprovechen mejor sus capacidades. También ayuda a entender qué puede aportar cada persona y qué necesita para seguir desarrollándose.

En onhunters, esta mirada forma parte de la selección: conocer la trayectoria, las capacidades y las motivaciones de los profesionales, junto con las necesidades de cada empresa, permite valorar algo más que los requisitos de una posición y encontrar perfiles que puedan aportar valor al proyecto y al equipo.

La diversidad de perspectivas puede enriquecer la forma de trabajar, pero no ocurre automáticamente. Hace falta conocerse, compartir conocimientos y estar dispuesto a aprender de los demás. Y eso empieza por dejar espacio para que cada persona pueda mostrar lo que sabe hacer, independientemente de dónde se encuentre en su trayectoria.

Un equipo no necesita que todos piensen igual. Necesita que cada persona encuentre su sitio, tenga algo que aportar y pueda seguir aprendiendo de quienes la rodean.

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